
El 16 de abril de 2016, en Costa Salguero. Esa noche murieron cinco jóvenes (y luego un sexto) por consumo de drogas sintéticas en un contexto totalmente desbordado: sobre venta de entradas, falta de ventilación, calor extremo, ausencia de agua suficiente y fallas graves en los controles. Más allá de las sustancias, lo que marcó la tragedia fue la negligencia organizativa y estatal. El lugar estaba colapsado y no había condiciones básicas de seguridad. Después de eso, hubo clausuras, investigaciones judiciales y un antes y un después en cómo se miran los eventos masivos en Argentina.
Diez años después, la Time Warp en Argentina ya no se recuerda como una marca global del entretenimiento, sino como un punto de inflexión. Recordar no es solo mirar hacia atrás. Es también asumir que la memoria tiene que incomodar, señalar y exigir. Porque en cada aniversario no solo se honra a quienes perdieron la vida, sino que se renueva una pregunta incómoda: qué cambió realmente desde entonces y cuánto falta todavía para que una noche de música no vuelva a convertirse en tragedia.
Porque si la memoria no genera conciencia, corre el riesgo de convertirse en costumbre. La noche también tiene que ser un espacio cuidado. Y eso no debería negociarse.